HACHERAS

La frontera agropecuaria de la pampa argentina se expandió a costa del desmonte y la explotación de trabajadores y trabajadoras rurales que abrieron caminos, limpiaron campos y sobrevivieron a la miseria de la vida en los toldos. Las mujeres hacheras, pusieron su cuerpo a la par de los hombres, mientras criaban a sus hijos, pero nunca fueron reconocidas ni remuneradas por su trabajo. 

El pueblo de La Maruja fue fundado en 1928 alrededor de obrajes de familias hacheras que se instalaron en el monte del noroeste pampeano al calor del ferrocarril que necesitaba la leña para avanzar. Sus habitantes cuentan que, a mediados del Siglo XX, llegaron a instalarse cuatro aserraderos empujados por la demanda de parquet para construir viviendas en el apogeo de la política de vivienda social del primer peronismo. Cuando en los años 90 el tren se retiró, la explotación de la madera descendió y el movimiento económico a su alrededor también. La Ley Provincial de Bosques sancionada en 2011 protege el monte de la tala indiscriminada. Sin embargo, el trabajo de hacheros y hacheras persiste en un contexto de precarización.

Feliza Tello camina por el campo cortando yuyos y renuevos. Con el peso del hacha sus gestos se transforman y repite con fuerza el movimiento circular que deja caer el filo sobre la madera. Su mirada es intensa, las tres generaciones de hacheros se dejan ver en su cuerpo. «A diferencia de nosotras, son pocos los hombres que han trabajado el hacha para criar a los hijos”. Su ex marido solía desaparecer semanas mientras ella trabajaba en el campo. “Yo trabajaba para que nos paguen, pero nunca jamás vi plata del hacha. Fueron muchos años de laburar y no tener nada”.

Margarita Sabugo es la única que conserva una fotografía para compartir. Su vestido blanco de niña contrasta con el toldo en el que vivía junto a su familia mientras hachaban en el monte. Dice que fue la única vez que lo usó. “Yo me crié de pantalón”. Al padre tuvieron que obligarlo para que la llevara a la escuela al menos tres veces por semana. Para los doce años ya era “hachera vieja” y abandonó la escuela para trabajar. Cuando se casó dejó el monte y, enfrentando todos los mandatos de la época, pudo recibirse de enfermera en Santa Rosa. Durante 37 de sus 81 años, fue la enfermera del pueblo y asistió los partos de muchas de sus mujeres.

Mirta Benitez trae un hacha vieja con el mango partido y sonríe frunciendo su piel agrietada por el sol y el viento pampeanos.
Los años de los árboles se cuentan con las líneas circulares de su tronco. Los de Mirta se pueden leer en su rostro y cuentan siete décadas de sacrificio. Llego al monte de la mano de su marido Lalo cuando sólo tenía 15 años. Durante 20, trabajaron juntos hasta que pudo tener su casa en el pueblo. “De mis ocho hijos, cuatro fueron criados en el monte y los otros cuatro en ‘cuna de oro’, en el pueblo«, dice mientras una de sus hijas mas jóvenes asiente. Ella no quería esa vida para ellos.

Juanita Sombra toma el hacha y su cuerpo de 82 años recupera la fuerza de una vida en el monte. Hay una saber que se expresa en ese gesto. Se acerca al árbol y cuenta todo lo que desde pequeña supo hacer: “Voltear caldenes, pelar postes y varillas, cortar la leña, quemar las ramas, hacer rastrojos”. Quiere contarlo todo. La voz de la historia la tuvieron otros durante siglos.

Nota realizada junto a María Clara Olmos para la Agencia Telam en 2023. *

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